Buchi y los Peligrosos Encantos de la Moral

El compañero Rafael Antonio Ruiz Ayala ha publicado este excelente ensayo problematizando el uso de argumentos “morales” en el trabajo político. Ha sido un honor que me permitiera reproducirlo en este blog. Pienso que su argumento es impecable.

Buchi y los Peligrosos Encantos de la Moral

Por Rafael Antonio Ruiz Ayala

En meses recientes, la moral y la decencia se han convertido en punta de lanza para algunos activistas “en representación” de las comunidades LGBTT de Puerto Rico. Fue la compañera Cecilia La Luz quien dio el primer aldabonazo al utilizar su revista Conexión G para hacer un exposé condenatorio de las poblaciones dentro de nuestra comunidad, mayormente hombres homosexuales y transexuales, que tienen relaciones sexuales en espacios públicos. En las últimas semanas de marzo y principios de abril se agudiza la controversia con el principal transformista de Puerto Rico, Kobbo Santarrrosa por el reclamo de las comunidades LGBTT por un detente a la homofobia descarnada y casi con ribetes de violencia que deplegaba como parte estándar de su programa de comedia, acompañado por el también homofóbico y veterano luchador anti independentista del exilio cubano de derecha, Héctor Travieso.

Si bien el reclamo y el reto a la legitimitidad social de la homofobia televisada fueron generalizados, no fueron iguales los discursos que utilizaron los diversos actores para fundamentar su oposición a La Comay. Entre dichos discursos diversos estuvo el discurso moralista, para mi sorpresa a través del compañero Pedro Julio Serrano, artífice de la estrategia fundamentada en la queja a la FCC sobre el uso de palabras “indecentes, inmorales y ofensivas” en la televisión (en contraste con la estrategia de la movilización y la protesta en Puerto Rico.)

Afortunadamente el discurso del editorial de Conexión G no tuvo eco en la comunidad ni fuera de ella (aunque en el futuro en WKAQ Radio sería fatal). Por otra parte, la reacción de indignación nacional en cadena que produjeron las virulentas expresiones de Kobbo al día siguiente del anuncio oficial de la campaña de querellas, tuvo el feliz resultado de que nos pudiéramos sacar a Santarrosa de encima, por lo menos por el momento, sin que tuviéramos que depender de la decisión que los americanos tomasen al respecto.

La rendición de Kobbo ocurrió justo a tiempo, porque el día que nos dijeron patos y asquerosos en WAPA, en la Cámara los religiosos de derecha fueron cogidos con las manos en la masa, al descubrirse (y potencialmente abortarse al menos por un tiempo) el plan de volver a radicar la Resolución 99, plan que ante las realidades del tablero político en ese cuerpo legislativo sólo puede tener como propósito el desviar nuestra atención de lo que verdaderamente les preocupa a los amigos de la FRAPE: la mera posibilidad de que el Proyecto Anti Discrimen 1725 vaya a vistas públicas en el Senado. Por eso pretenden colgarlo en la oscuridad de la noche, por la fuerza de sus alianzas con algunos senadores (Rivera Schatz, Carmelo Rios y Kimmey Rashke). Saben ellos y saben los honorables senadores que no tienen argumentos que puedan esgrimir en contra de él frente a las cámaras de televisión.

Hoy leo con sorpresa que en esta coyuntura política tan importante, el compañero Pedro Julio Serrano ha decidido, en función de una evaluación hecha exclusivamente por él, que el personaje “Buchi” debe dejar la televisión puertorriqueña, por lo cual ha llamado al comediante que lo interpreta para increparle sobre el tema.

La moral es como Circe, que seduce con sus encantos para atrapar en sus redes. Habla desde el poder y apela al establishment, a lo que tenemos en común con los guaynabitos heterosexuales y republicanos. La moral nos blanquea: permite fundamentar nuestros reclamos en lo mucho que nos parecemos a ellos, en lugar de la más difícil tarea de mover al respeto por la diversidad, la diferencia y la aceptación de las consecuencias no deseadas de nuestra injusta marginación social. Jugar la carta de la moral como arma a favor de nuestra comunidad es una movida peligrosa porque legitima la estructura de poder que pretende combatir al utilizar sus armas. También lo es por la tendencia de la moral a justificar la censura, censura que ha sido piedra angular en la estrategia de las mayorías de aplastar a las minorías, eliminar la diversidad y estrangular el pensamiento crítico.

Se olvida por algunos que el fundador de los movimientos para redactar querellas en la FCC (y hasta los otros días su cara pública) fue el Reverendo Milton Picón a través de su organización Morality in Media y que fueron los argumentos sobre moralidad e indecencia los que fundamentaban las redadas, las perreras y el cierre de establecimientos, como por ejemplo, la primera tienda de jugetes y libros sexuales que abrió la compañera Cristina Hayworth para los 70. Con ese provenance, se impone la cautela a la hora de posicionarse públicamente sobre asuntos de moralidad, en particular cuando el posicionamiento pudiera legitimar argumentos que tradicionalmente han sido utilizados eficazmente contra nuestras comunidades, el cuestionamiento es de escaso valor estratégico o tiene el potencial de generar conflictos con valores fundamentales de sectores tradicionalmente aliados (i.e. los artistas y escritores) y cuando divide ideológicamente a la comunidad al traer a los federales para que sean ellos los que dominen la escena.

Esto me lleva de vuelta a “Buchi”, personaje que he visto solamente unas veces en la televisión, pero que como los personajes gays de los compañeros Víctor Alicea Johnny Ray y Alex Soto, son personajes con los que el público se identifica, no personajes hechos para ridiculizar a una parte del público, como lo hace la Comay. Tomás Rivera Schatz ha dicho recientemente, en defensa de sus posiciones homofóbicas, que algunos activistas dentro de nuestra comunidad son los que más discriminan.” Rivera Schatz, que es un HP pero no un idiota político, percibe un flanco débil cuando escucha a activistas fundamentando su justificada indignación sobre algún asunto en función de los dictados de la decencia, al igual que hacen nuestros opositores. En particular cuando no hace falta, porque, con sus luces literarias y su falta de ellas, “Buchi” no es “la Comay ” ni su intérprete es Santarrosa. Igualmente debemos recordar que el cambio social no puede estar fundamentado principalmente en la coerción de la expresión sino en el convencimiento colectivo que transforma la expresión.

En Puerto Rico hemos avanzado cada vez que hemos ampliado el convencimiento colectivo de que el discrimen es inaceptable. Ese convencimiento colectivo empieza a incluir el convencimiento en numerosos e influyentes sectores de que las personas LGBTT debemos tener garantizado el derecho a poder trabajar en igualdad de términos con otros trabajadores. Y de que hace sentido económico que así sea. Por eso los honorables rehusan convocar vistas públicas sobre el 1725 y por eso necesitamos insistir en ellas para desenmascarar su cobardía y su mala fe. En el camino a la confrontación con el Senado y nuestra emancipación laboral, oponernos a que “Buchi” pueda trabajar en paz es una distracción innecesaria y contraproducente.

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